El fenómeno de los argentinos +50 que estudian idiomas afuera
Aprender, viajar y empezar de nuevo… Cada vez más mayores de 50 eligen estudiar idiomas en el exterior. Buscan una experiencia que combine aprendizaje, bienestar y desarrollo personal en una etapa que ya no se vive como cierre, sino como un nuevo comienzo.
A los 58, emocionarse por entender una canción en inglés. A los 70, viajar sola por primera vez después de una pérdida. Para muchos argentinos de la Generación Silver viajar al exterior implica saldar deudas pendientes, atravesar cambios personales o animarse, por primera vez, a hacer algo propio.
Lo que comienza como un curso termina, muchas veces, en una experiencia transformadora. Una generación que creció postergando proyectos personales, y ahora encuentra el momento de hacerlos realidad.
Aseguran que la tendencia crece de manera sostenida. “Actualmente duplicamos el volumen de consultas que teníamos hace unos años, en gran parte impulsado por la recomendación de personas que ya vivieron la experiencia”, explican desde Education First (EF), compañía global especializada en programas educativos.
Detrás del fenómeno hay un cambio cultural más profundo: la búsqueda de experiencias significativas, desarrollo personal y bienestar en una etapa que ya no se percibe como un cierre, sino como una expansión.
(*) Aprender y vivir el idioma
Los programas diseñados para mayores de 50 combinan clases con actividades culturales, excursiones y espacios de socialización. La lógica es clara: el idioma no sólo se estudia, se vive.
Para Pablo Del Río, ingeniero en telecomunicaciones de 58 años, el viaje fue también una forma de saldar una deuda personal. Durante años había postergado el objetivo de mejorar su inglés. “Quería poder comunicarme con fluidez, entender una película, no quedar afuera”, resume.
La experiencia lo sorprendió incluso en los pequeños logros. Recuerda, por ejemplo, el momento en que entendió parte de una canción en inglés. Pero el punto más alto llegó al final: al recibir su diploma, sintió que había cumplido algo importante. Y no sólo para él. Quería esa foto para mostrársela a sus hijos, a quienes, según cuenta, buscaba inculcar que “aún a esta edad, se puede mejorar y progresar”.
Ese componente emocional se repite en muchos participantes. En el caso de María Isabel Armando, de 70 años, el viaje estuvo atravesado por un proceso personal más profundo. Tras la pérdida de su pareja, encontró en la experiencia una forma de volver a empezar. La decisión, dice, fue en sí misma un punto de inflexión: elegir viajar fue “el primer paso para volver a la vida”.
Durante su estadía en Malta, el aprendizaje del idioma quedó entrelazado con algo más amplio. Compartir clases, conversaciones y rutinas con personas de distintos países generó una sensación que hacía tiempo no experimentaba: bienestar. “La experiencia no se limita al idioma, sino que transforma la forma de ver el mundo. Después de convivir con culturas diversas uno empieza a sentirse parte de algo más grande, como un verdadero ciudadano del mundo”, asegura.
(*) Beneficios que van más allá del idioma
Diversas investigaciones coinciden en que estudiar un idioma en etapas adultas tiene efectos que exceden lo académico. El proceso estimula nuevas conexiones neuronales, contribuye a mantener la mente activa y refuerza la confianza personal.
A eso se suma el impacto emocional: adaptarse a un nuevo entorno, desenvolverse en otro idioma y superar barreras genera una sensación de logro que suele perdurar. También hay un componente físico, asociado al movimiento que implican las actividades culturales y recreativas.
Pero, sobre todo, se trata de animarse.
Carlos Enrique Bellisio tiene 68 años y lleva más de 40 realizando campañas en la Antártida. Reconoce que su principal freno no era la experiencia ni la curiosidad, sino la idea de viajar solo y la barrera del idioma. Durante años lo postergó, hasta que una invitación cambió el escenario. “Cuando surgió la posibilidad de viajar a Europa, el interés fue inmediato. Nunca había estado allí y la motivación ya no pasaba por el idioma, sino por la experiencia: recorrer, conocer y ver de cerca esos lugares que hasta entonces solo había visto en películas y series”.
(*) Un punto de inflexión
Para muchos, el viaje marca un antes y un después. No sólo por lo aprendido, sino por lo que habilita después. Natalia Gatica, especialista del programa 50+ de EF Argentina, vivió esa transformación en primera persona. En un momento de cambio personal y profesional, decidió viajar y encontró algo más que una experiencia educativa. “Me dio perspectiva y me permitió tomar decisiones con mayor claridad”, explica.
Con el correr de los días, el idioma deja de ser una barrera y empieza a convertirse en una herramienta. La confianza aparece casi sin darse cuenta. “Poder ser uno mismo en otro idioma es algo increíble”, resume.
En su caso, el impacto fue también concreto: la experiencia abrió un nuevo camino laboral, que hoy la encuentra acompañando a otras personas en ese mismo proceso.
Con una población cada vez más activa, más longeva y con interés en el aprendizaje continuo, todo indica que la Generación Silver seguirá expandiéndose dentro de este tipo de experiencias.
Para quienes ya lo vivieron, hay una idea que se repite. Pablo lo sintetiza con una imagen simple, pero contundente: después del viaje, sintió que “el mundo se había achicado”.
