El día que comenzó a morir la privacidad

Escribe: Carlos Ihlo (*)

Me pregunté qué me llevaba a escribir estas líneas. Y entendí que la respuesta era darme cuenta de la cantidad de menores de treinta años que no tuvieron la posibilidad de vivir ese “otro mundo” previo a los atentados del 11/9. De allí, a que se desate una oleada de comparaciones, recuerdos, preparar una taza de café, prender la compu, abrir la caja de archivos, etc…siempre hay un paso. Comencemos…

 

CONCEPCIÓN DEL URUGUAY, 11 DE SEPTIEMBRE DE 2001

Recuerdo que, por entonces, trabajaba como Director en la Secretaría de Control de Gestión municipal. Año difícil de cajas extremadamente flacas en un país que en tres meses más explotaría por los aires en una de las crisis más importantes de su historia, dejando calles regadas de sangre, con heridas abiertas que perduran y protagonistas que siguen sin asumir su actuación. Junto a cuatro compañeros, laburábamos literalmente casi todo el día y, en ocasiones, nuestro único contacto con el exterior, era un enorme y viejo tele blanco y negro a válvulas de la década del 70 que, reposando sobre un armario metálico, habíamos logrado rescatar.

Esa mañana, hacía diez meses que había regresado de Estados Unidos tras realizar una serie de notas periodísticas sobre droga dependientes en recuperación en la sociedad neoyorkina incluyendo algo de las torres gemelas del Centro Mundial de Comercio (WTC).

Cuando impactó el primer avión, al igual que medio mundo, pensé en un accidente. Cuando impactó el segundo, corrí sin más hasta la oficina del Intendente, ingresé violentamente sin golpear y, antes de que pudiere reprocharme -se hallaba en plena reunión- solo atiné a gritar algo como “¡no importa lo que estén haciendo, están atacando los Estados Unidos!”.

Cerré la puerta y me fui como un loco, sin esperar respuesta alguna. Me quedé paralizado frente al tele. Estaba en shock. No se sabía a ciencia cierta si era intencional, pero lo contrario era casi imposible.

Pasaron 25 años y creo que esa reacción obedeció a que, como amante de la historia de los conflictos bélicos, presumía lo que pasaría conociendo la magnitud del lugar atacado, y recordando aquella famosa frase que -inciertamente- se le atribuye al almirante japonés Yamamoto -contrario al ataque de Pearl Harbour-, al decir que era un error despertar al gigante dormido

Si bien se sostiene, que la elección obedeció a una razón simbólica: demostrar la vulnerabilidad del centro financiero del imperio, en lo personal mi afectación pasaba por otro lado. En mi memoria, aún estaban frescas las largas filas de docentes, madres, y alumnos esperando para subir a la terraza; recordaba sus risas tras llegar al último piso o, verlos almorzar mientras hacia lo propio en el piso 120, verlos extender sus manitos señalando los aviones desde lo alto donde uno se sentía un ave más. Hasta tomé una foto, que hoy dejo como homenaje y un ticket del mozo que ojala haya sobrevivido

Porque las torres no solo eran oficinas de comercio, sino uno de los centros turísticos por excelencia del mundo, visitado por legiones de chicos. Piensen ahora, al ver las imágenes de esas torres humeantes, cuantas personas no pudieron bajar desde esos pisos, o se arrojaron al vacío para tener una idea del horror. La altura era inimaginable. Se perdían en las nubes y había que visitarlas con buen tiempo para poder sacar fotos.

Basta decir que cuando uno cruza el puente Zarate-Brazo Largo circula a 50 metros sobre el rio y las torres median 415 y 417 metros de altura, tan altas que los helicópteros con turistas las rodeaban volando más bajo. Pensé que el mundo jamás seria el mismo.

No me equivoqué. Pero jamás pensé que podía cambiar tanto.

 

AYER Y HOY

Hace tan solo 25 años, por ejemplo, éramos libres de poder transitar con nuestras familias por cualquier puerto del país, disfrutar al aire libre de una tarde al sol con música, pesca, etc. sin tener que pasar más que por algún puesto de control de rutina. Las ciudades fronterizas eran otras ciudades entrerrianas más, donde daba igual compartir el mate aquí o allá, sin perros vigías, escáneres, espejos antibombas, ni tanta burocracia de por medio

Nuestros diplomas, secretos, romances, fotos, contactos, etc. reconocían como elemento común su soporte en un cuaderno, álbum, agenda, etc. Los más vanguardistas utilizaban una agenda digital, un teléfono o una voluminosa computadora, pero siempre conservaban –“por las dudas”- una copia en papel.

Cobrábamos nuestros sueldos con recibos en papel, disponíamos de nuestro dinero hasta el último centavo y moneda y nos gustaba tenerlo por escaso que fuere. Era NUESTRO. El banco ocupaba en nuestra mente el lugar que el saber popular le tiene reservado, esto es: el sospechoso de siempre, no el de un socio y menos el de un amigo.

Tras el atentado del que hoy se cumplen 25 años, las 2977 víctimas del hecho en el WTC, pasarían a ser tan solo la ínfima muestra de los cientos de miles que desde ese día mueren en el mundo como asimismo de las horribles consecuencias que soportan los civiles de varias naciones.

Desde entonces, el mundo fue bombardeado por la desconfianza y sus consecuencias aún se perciben en cada aeropuerto, en cada centro turístico mundial, en cada espectáculo artístico, en un mitin político, en cada maratón, etc. Asi, es posible observar hoy panoramas otrora impensados. En Italia, monumentos de más de 2000 años comparten sus rocas con francotiradores apostados en sus cumbres. En EEUU el reciente mundial de futbol mostró la requisa a distintas delegaciones dentro del aeropuerto o en la pista conforme una curiosa discriminación ¿según la procedencia?

Los cestos de los aeropuertos se llenan hoy de botellas de agua, galletitas, desodorantes, sandwiches, cremas y los más variados elementos prohibidos a bordo de los mismos aviones donde décadas atrás se fumaba y se llevaba poco menos que media casa.

Asistimos hoy a la captura de personas consideradas terroristas sin importar las fronteras, con más o menos resistencia de los países según el conveniente alineamiento de sus gobernantes, con lo cual los instrumentos internacionales suscriptos se encuentran luchando por demostrar su supervivencia en un mar de discursos plagados de verbos en tiempo condicional.

Palabras como tortura, centros de detención y/o confinamiento, traslados, castigos e interrogatorios, necesariamente requieren su atención a riesgo de resultar desnaturalizadas o invisibilizadas, bajo el pretexto de la seguridad global o los intereses de turno, los que raramente suelen coincidir con los del individuo en la más amplia concepción de persona humana.

 

LA VÍCTIMA INVISIBLE

Creo que desde el 9/11 hay una víctima que no advertimos. O al menos no lo hicimos en su justa dimensión. Aquel día comenzó a agonizar, lentamente, una parte de nosotros: nuestra privacidad. Y lo peor de todo, es que comenzó a morir con nuestra participación.

Sin darnos cuenta, y bajo el argumento de la modernidad, incorporamos progresivamente más elementos tecnológicos a nuestras vidas los que, a la par de facilitarnos el acceso a determinada información o a la realización de ciertas tareas, nos fueron esclavizando como individuos y, ergo, como sociedad.

Así, todos aquellos recuerdos, datos, fotos, contactos, etc. lentamente terminaron en una base de datos cuyos propietarios no necesitaron contratar demasiado personal para tan gigantesca tarea: se valieron de nosotros.

Con cada compra de celular, obtención de tarjeta, habilitación correo electrónico, declaración jurada, extracción bancaria, etc. comenzamos a participar del sistema. Le contamos a un desconocido lo que posiblemente ignoran nuestros familiares más cercanos.

No conformes con haber brindado nuestros datos, aportamos ahora nuestras características físicas, brindando los datos biométricos. Así, amén de que ya los disponen los gobiernos merced al otorgamiento de los documentos de identidad, nos preocupamos de “mantenerlos actualizados” gratuitamente, colaborando periódicamente ahora con bancos, entidades financieras, etc, aportando huellas digitales, fotos, y lo que nos pidan, cuya solicitud es a menudo renovada.

Tamaño aporte de datos -reitero, en su mayoría voluntario- permite que su entrecruzamiento para fines -por ahora- nobles, haya permitido que en algunos aeropuertos no debamos siquiera preguntar hacia donde debemos dirigirnos al hacer escala para tomar el próximo vuelo.

En efecto, basta acercarse a una pantalla, que automáticamente nos lo indica. El secreto: con la información del pasaje y las decenas de cámaras del aeropuerto que nos han identificado por los rasgos físicos y seguido a cada paso, saben hacia donde nos dirigimos, y de allí, sepan que puerta, vuelo y el sendero debemos seguir. Obvio. También cómo proceder sino abordamos. El que las hace…las paga. Pero ese es otro tema.

En este contexto, cabe preguntarse: frente al constante aporte de datos que la propia sociedad realiza a todos esos servidores ¿qué sentido tiene que luego sus integrantes demanden la defensa de la privacidad o cual es la extensión con la que puede entenderse tal reclamo?.

Asimismo, interrogarse, sobre qué pasaría si en algún momento cualquiera de las naciones que operan estos servidores decida desconectarlos, merced al grado de dependencia que ha generado. Porque creer que una persona por millonario que sea, pueda garantizar la privacidad de millones de usuarios en el mundo por encima de los intereses de las naciones, es de una ingenuidad inaceptable.

Adviértase que para destruir al Sr Fulano y su red Zutano no haría falta más que difundir que la misma es fácilmente vulnerable y accesible. En 1929 lo que desató la crisis mundial no fue la situación financiera verificada, sino el rumor previo que se expandió sobre la carencia de las reservas. La crisis sobrevino luego.

Cualquier persona que crea gozar hoy de plena privacidad en su vida, puede descubrir lo contrario con una simple prueba. Consulte en algún sitio la posible compra de un elemento para su hogar o un viaje a un lugar determinado, y seguramente alguno de los restantes integrantes de su familia recibirá avisos publicitarios del mismo tipo, lo que revela el entrecruzamiento de datos propios, de sus gustos etc. con la información de cómo se compone su familia y/o los teléfonos que ellos poseen, todo lo que Ud. seguramente jamás proporcionó.

Otro elemento que -aparentemente- habría que tener en cuenta es la interconexión entre aparatos que vendrían pre configurados para que sea el usuario quien anule lo que no quiere tener como servicio. De tal modo, se estaría a resguardo de recibir ofertas en su celular de productos cuya posible compra se debatió en una conversación hogareña, sin haber realizado consulta alguna utilizando dicho celular.

Similares conceptos se aplican a muchos vehículos de gama media, que vienen equipados de fábrica con sistemas de localización que por un periodo “gratuito” para el comprador, obtienen toda la información sobre sus desplazamientos, consumos etc.

El mundo que vivimos no indica que marchemos en sentido contrario.

Nuestra sociedad, tampoco. Máxime cuando demanda seguridad al tiempo que publica en las redes cuando viaja, donde lo hace, con quien, que come, cuantos días, a que países, donde vive… y luego demanda privacidad y seguridad, lo que constituye un auténtico nuevo paradigma y desafío para los juristas del mañana.

Hora de pensar…

 

(*) El autor ha trabajado en radio, diario y TV desde 1991. Especializado en periodismo de investigación. Obtuvo el Primer Premio Nacional ADEPA/ Fund Manantiales por su investigación sobre drogas en la costa del rio Uruguay. Fue becado a EEUU, con apoyo de SEDRONAR para convivir con adictos dentro de los centros de recuperación, experiencia que publicó en más de 30 artículos. Participó de cursos sobre narcotráfico con colegas de México, Irlanda, EEUU y Colombia y en jornadas organizadas por la Embajada de EEUU. Es Corresponsal de Guerra capacitado en la cobertura de catástrofes y emergencias. Entrevistó a presidentes y figuras políticas de la región y el extranjero. Obtuvo en 1996 -en equipo- el Primer Premio nacional en televisión por cable ATVC. Ternado cuatro años consecutivos al mismo premio e individualmente- en 1996- al mismo galardón en categoría programa de opinión. Especialista en Navegación, Control de Averías e Incendios. Ha realizado cursos de aviación y participado en la captura de buques extranjeros afectados a la pesca ilegal en el sur argentino. Ex gerente de exportaciones forestales desde ER para Europa y EEUU. Autor de numerosos artículos sobre administración pública, sociedad y corrupción. Ex Director de Control de Gestión de Concepción del Uruguay. Ex representante municipal de la comisión argentino-uruguaya CODEFRO. Abogado, escribano, mediador. Ex Juez de Faltas. Actualmente cursa estudios de posgrado en derecho penal, ejerce su profesión en forma particular y se encuentra abocado a la redacción de dos libros, uno de ellos sobre la reciente realidad política entrerriana.