Cuando la razón pide paso a gritos
Escribe: Carlos Ihlo (*)
En un país donde se menciona a Mariano Moreno a la hora de rendir homenaje a los hombres de prensa, rara vez escucho recordar -con honrosa excepción de Felipe Pigna- que, habiéndose recibido aquel en la Universidad de Chuquisaca (Bolivia), tuvo el coraje de escoger como tesis de su doctorado, ni más ni menos, que la explotación de los indígenas en las minas de Potosí.
Seguramente, porque ante los ojos de Moreno, la razón pedía paso a gritos frente a los discursos aduladores.
Sin embargo, y no con poco dolor, en ocasiones advierto cierto silencio frente a situaciones que, aunque estallan frente a nuestros ojos, permanecen ajenas a simples repreguntas.
Sea por presiones sociales, económicas, políticas o de la variable que el lector elija, tarde o temprano se encuentra alguna razón por la cual, alguien halla la vara disciplinadora con la cual hacer callar al molesto. Hasta que está del otro lado de la calle y entonces comienza a tirarle piedras al vecino.
Escribo estas líneas con el máximo respeto y con el conocimiento que me da mi origen en este Departamento Islas del Ibicuy, lugar donde, salvo para el momento de nacer y luego, por razones laborales, han transcurrido más de seis décadas de mi existencia.
Alejado por voluntad propia de los bríos que otrora alimentaren mis diarias obligaciones en los medios de comunicación, he sentido la irrefrenable necesidad de volver a escribir para expresar el sentimiento que me generó leer la noticia sobre la captura, el miércoles 12 de agosto, de Alejandra Etelvina Rodríguez, alias “Amparito”, a quien se presenta como prófuga desde hace casi una década, y -según la información- escondida en un camping familiar de Villa Paranacito, quien se hallaba condenada a 20 años de prisión por su participación en los abusos cometidos contra sus hijas.
Conforme lo publicado y recogido en distintos medios: la mujer contaba con un mecanismo rudimentario pero efectivo: una campana conectada a un hilo de unos 50 metros. Los allegados que estaban en la entrada del predio podían hacerla sonar si veían movimientos extraños o patrulleros. La señal le daba tiempo a Rodríguez para salir de la casilla y refugiarse en la zona de monte. Cuando el peligro pasaba, volvía a su escondite (…) La nueva investigación comenzó en mayo, cuando sus dos hijas, ya mayores de edad, se presentaron ante la Policía de Ceibas y la Fiscalía de Gualeguaychú. Las jóvenes informaron que su madre había regresado a Villa Paranacito tras un período en Paraguay.
Confieso, creí hallarme frente a una exageración periodística.
Sin embargo, al buscar en varios sitios, la noticia era la misma e incluso se hacía referencia a su procedencia de una fuente oficial. De allí que, y más allá del éxito del operativo llevado a cabo, necesariamente considero que existen elementos que llaman poderosamente la atención.
Veamos: El departamento Islas del Ibicuy tiene una superficie aproximada de 450.000 hectáreas. De ellas, mas de 147.000 constituyen el ejido municipal de Villa Paranacito, extendiéndose del A° Ñancay, al Norte, hasta el Parana Guazú al Sur y desde el Río Uruguay al Este, hasta la ruta 12, al Oeste salvo en su unión con el A° Ibicuycito donde se prolonga hasta el Paraná en el mismo sentido cardinal.
Quienes conocemos el mismo, sabemos que insume dos y hasta tres semanas recorrer cada punto de su geografía, valiéndonos de camionetas, lanchas y/o caballos, sea por censos o vacunaciones.
También, que no existen montes contiguos a la ruta. Montes, en la concepción popular de aquellos aptos de albergar una persona superviviendo oculta e incomunicada.
Por el contrario, la baja densidad poblacional y la proliferación de celulares en las viviendas sitas en los accesos, permite que la mínima visita extraña sea advertida de un vecino a otro, cuestión que frecuentemente verifico con mi actividad profesional: un corte de alambrado, vehículo desconocido, animal perdido, etc. deriva en un llamado vía celular o en la constatación a pie, caballo o lancha. Es más, es tal la incidencia social del uso de celulares, que la falta de señal ha derivado en procura de ella, en la migración de pobladores hacia la zona de la ruta, salvo contadas excepciones para quienes acceden al sistema Starlink.
Con lo expuesto, aspiro a dar por tierra con toda versión de delincuentes agazapados en refugios alejados de indiscretas miradas al tiempo de reclamar concentrar la justa atención sobre los intereses y complicidades de inocultable existencia en la especie.
Pretender, en este contexto, que como vecinos asumamos pacíficamente que la -ahora- ex prófuga pudo con solo una campanita, una mochila y un hilo de 50 metros burlar por meses o años a la Policía de Entre Ríos, -que sobrada muestra ha dado de su capacidad profesional- es inadmisible. Tanto como creamos que su único colaborador pudiere haber sido eventualmente un septuagenario residente a dos kilómetros del lugar.
Si, en una época donde imperan los drones, frente a quien se presenta como quien fuere -oportunamente- una “de las mas buscadas” del país se hace referencia a tan precarios elementos de “defensa”, estamos perdidos. Lo mismo cabe para comprender que la investigación se impulsó porque las propias victimas -conforme la noticia publicada- fueron quienes señalaron la presencia.
Y, reitero, lo expreso con profundo dolor. Porque conozco los caminos del Departamento, las islas y su gente. Y no por un mapa. Nadie vive escondido en un monte, ni tomando agua de un charco, ni comiendo animales salvajes. Al menos sin ser visto. Podrá ignorarse su nombre, pero jamás su existencia, ni podrá contenerse el inmediato comentario de su presencia a terceros. Ni siquiera en lo más profundo e inhóspito de las islas que limitan con nuestros hermanos uruguayos, las cuales he recorrido una a una. Por eso, la presencia de la capturada no pudo pasar desapercibida en una zona donde todos se conocen y concurren a los mismos negocios. De allí, que la sensación de cobertura y/o protección para la explotación de menores que le reprochó y su reciente condición de prófuga deja un sinsabor que se escapa por los cuatro puntos cardinales.
Conozco las amarguras que acarrea mantener arduas conversaciones con padres que no comprenden que la ventaja de cercanía con la principal ruta del Mercosur, implica cargar con igual nivel de riesgos.
No es fácil explicar que sus hijos pueden ser capturados a su vera, abusados, o en media hora entregados a una red de prostitución en la provincia de Buenos Aires, o llevados en veinte minutos de lancha y por muy pocos dólares dólares al Uruguay, país cuya proximidad es tal que permite la existencia en nuestro departamento de familias isleñas con hijos nacidos en ambas orillas, según la urgencia del parto.
Una sociedad que acepta explicaciones inverosímiles es una sociedad sin destino y condenada a repetir actitudes irracionales. Un fiel ejemplo de ello es el escenario que ofrece la ruta: para prevenir accidentes se montan operativos, colocan radares, se afectan recursos humanos y materiales, pero, concurrentemente, se permite que el libre consumo de alcohol en las parrillas de las banquinas y el reinicio de los viajes sin importar el volumen de los rodados y las consecuencias.
Ello lleva a preguntarse, si las campañas disuasorias o de control no deberían realizarse en las proximidades de esos comercios, estimulando al no consumo y a la responsable asunción de sus previsibles consecuencias. La libertad comercial jamás puede estar por encima del bienestar general, salvo que se cuente con algún tipo de exención que el resto de los mortales desconocemos.
Quien no conoce la dinámica de las rutas ignora la existencia de un universo paralelo, imposible de comprender desde la estabilidad de un escritorio. Posiblemente imagina que, disminuyendo la edad de imputabilidad, hará que los delitos sigan por el mismo sendero, sin comprender que, la tinta de sus decretos aún no se habrá secado cuando los criminales seguramente ya habrán conformado sus equipos con jóvenes más chicos, e igualmente excluidos y atrapados por el consumismo. Quizás sean los mismos condenados a repetir lo de sus antecesores, declarando en breve como desarman, al costado de las rutas entrerrianas, camionetas que transportan paquetes cuyo contenido desconocen.
Creer que la simple activación de una alerta podrá desanimar a quienes intenten secuestrar o abusar de niños a la vera de la ruta es una ingenuidad. De cumplirse el temido Niño augurado a partir del último trimestre del año -y las consecuentes inundaciones-, las banquinas volverán a llenarse de precarias casillas de madera, animales y criaturas circulando a cualquier hora. La experiencia me ha demostrado que es posible ingresar a los países vecinos, sin que la caja de una camioneta -apta para llevar uno o más niños- sea abierta o de presenciar cientos de vehículos atravesando las fronteras en igual dispensa.
Es necesario entonces trabajar ya, educar a esos chiquitos en su autoprotección, en el amor a su propio cuerpo, a sus vidas, pero hacerlo con personal capacitado, por ejemplo, con docentes preparadas y descansadas. No con maestras ojerosas, haciendo dedo en las banquinas, a las 5 de la mañana o volviendo al rayo del sol a las 4 de la tarde a sus ciudades a 100 km de distancia para ocuparse de sus propios hijos y sus problemas, para luego juntar fuerzas y regresar al día siguiente. Si a ello se le sumaría -como refieren algunas- cierta disposición que les impediría viajar en los mismos colectivos que sus alumnos, se llegaría al absurdo de que, en ocasiones, haya días de aulas con alumnos sin maestras.
Trabajar contra la explotación infantil requiere de personas capacitadas, con coraje y en el terreno, no solo en escritorios, no un día a la semana. Podrán escribirse miles de protocolos, otorgarse cientos de entrevistas y certificados, abrirse decenas de centros y brindarse igual cantidad de cursos y llenarse las redes de fotos. La única verdad reside en el terreno. Sin horarios. Allí es donde se conoce a los protagonistas. En la conversación con las víctimas. En las que giran sus cabezas antes de hablar. Porque no confían en nadie. Porque desde que sus inocencias fueron vulneradas no creen en cargos, títulos o profesiones, o, porque incluso, cuando crecen, proclaman desafiantes los nombres de quienes eran sus clientes o sus proxenetas.
Solo allí es cuando comprendemos la exacta dimensión de su temor y de su absoluto descreimiento en los organismos y en las autoridades.
Sé que con estas palabras no podré cambiar las terribles experiencias de las víctimas de la condenada Rodríguez pero, aun asi, abrigo la esperanza de contribuir a estimular se aplique la razón adoptando medidas que contribuyan a evitar el previsible futuro de otros inocentes entrerrianos a la vera de nuestras rutas.
Quiera Dios iluminar a quienes deban tomar las decisiones del caso, pues el éxito de cualquier gestión se mide en cuanto redunda en favor de sus administrados, honrando nuestra carta magna provincial que postula la igualdad de oportunidades, sin privilegio alguno, y la protección integral de los NNA, en especial los que se encuentren en condición de carencia, discriminación o ejercicio abusivo o de autoridad familiar o de tercero.
Para finalizar, quisiera recordar a Gregory Gross, un periodista especializado en narcotráfico en la frontera entre México y EEUU, quien hace muchos años al enseñarme como investigaban las primeras desapariciones de personas y muertes en las rutas me dejó un título que jamás pude olvidar: “Nunca permitas que la gente te pregunte: ¿Por qué no nos alertaron?”.
(*) El autor ha trabajado en radio, diario y TV desde 1991. Especializado en periodismo de investigación. Obtuvo el Primer Premio Nacional ADEPA/ Fund Manantiales por su investigación sobre drogas en la costa del rio Uruguay. Fue becado a EEUU, con apoyo de SEDRONAR para convivir con adictos dentro de los centros de recuperación, experiencia que publicó en más de 30 artículos. Participó de cursos sobre narcotráfico con colegas de México, Irlanda, EEUU y Colombia y en jornadas organizadas por la Embajada de EEUU. Es Corresponsal de Guerra capacitado en la cobertura de catástrofes y emergencias. Entrevistó a presidentes y figuras políticas de la región y el extranjero. Obtuvo en 1996 -en equipo- el Primer Premio nacional en televisión por cable ATVC. Ternado cuatro años consecutivos al mismo premio e individualmente- en 1996- al mismo galardón en categoría programa de opinión. Especialista en Navegación, Control de Averías e Incendios. Ha realizado cursos de aviación y participado en la captura de buques extranjeros afectados a la pesca ilegal en el sur argentino. Ex gerente de exportaciones forestales desde ER para Europa y EEUU. Autor de numerosos artículos sobre administración pública, sociedad y corrupción. Ex Director de Control de Gestión de Concepción del Uruguay. Ex representante municipal de la comisión argentino-uruguaya CODEFRO. Abogado, escribano, mediador. Ex Juez de Faltas. Actualmente cursa estudios de posgrado en derecho penal, ejerce su profesión en forma particular y se encuentra abocado a la redacción de dos libros, uno de ellos sobre la reciente realidad política entrerriana.
