8 de Enero: El “Gauchito” Antonio Gil

La Historia del “santo popular”, que en vida fue: el Robin Hood Argentino.

Si usted es observador y detallista, a la hora de transitar por la diversidad de caminos y rutas argentinas sin duda no dejará de sorprenderle la gran cantidad de “mini santuarios” existentes construidos al costado del camino que recorre, en honor a un gaucho correntino del siglo pasado llamado Antonio Gil.

Una casita en miniatura que encierra su imagen, decenas de banderas rojas, velas del mismo color, cigarrillos encendidos en su honor, objetos como botellas de cerveza o vino que guardan el mismo sentido…  ¡Todo sirve para honrarlo!  Y a su alrededor:  cartas con pedidos de urgente resolución, fotos de personas con necesidades inmediatas… y cientos de agradecimientos.

Lo cierto es que “El Gauchito” (así se lo conoce) era un personaje de fines de 1800, muy reconocido en la provincia de Corrientes, con dos realidades bien diferenciadas: idolatrado por la gente y buscado por la justicia.

Al parecer, le robaba a los ricos para ayudar a los pobres.

En ese entonces, y luego de una intensa búsqueda, es detenido a 8 km de la ciudad correntina de Mercedes y asesinado. 

De inmediato se produjo un extraño y milagroso suceso que derivó en que la misma persona que lo ejecutó, al poco tiempo levantara un altar en el lugar de su muerte y se convierta en su primer devoto. 

Por su sensibilidad con el pueblo mostrada a lo largo de su vida y ese episodio ocurrido tras su deceso, sus fieles seguidores fueron creciendo en número y hoy por hoy “El Gauchito” es una de las personalidades ‘santificadas’ por la gente pero aún sin el debido reconocimiento de la Iglesia Católica.

A casi 800 km de Buenos Aires, con el correr de los años la ciudad de Mercedes se fue convirtiendo en un epicentro de peregrinaje por la devoción popular hacia él.  Allí los fieles de todo el país visitan su tumba, su monumento y el lugar de su muerte (a escasos km del cruce de las rutas 123 y 119 -ver foto-).

Pero…  ¿Quién era Antonio Gil, o Antonio Mamerto Gil Nuñez?

Se lo conocía como “El Gauchito Gil” o también como  “Curuzu Gil” (Curuzú-Cruz ), es oriundo de la zona de Pay-Ubre (hoy Mercedes, Corrientes) y su historia se remonta al siglo pasado. 

Era un gaucho como tantos otros paisanos de los Esteros del Iberá.

Tras su asesinato sus favores beneficiaron a millares de “promeseros” que en un momento de angustia, o por simple favor a conceder, se acordaron de él, teniendo como recompensa la gracia de haber visto realidad un pedido hecho con devoción.

A su santuario de Mercedez cada vez son más los que se acercan y cualquiera puede apreciar la gratitud de los peticionantes a los cuales Antonio Gil  les concedió la gracia recibida.  Allí se distinguen la diversidad de favores que le piden a este ‘santito popular’:  (salud, trabajo, la compra de una vivienda o el cambio por una mejor; pedidos para conseguir una pareja o consolidar la ya existente…).

Ahora bien, es importante señalar que aquellos que depositen su fe en él deben estar preparados para agradecerle y honrarlo para siempre.  “¡Cuidado!  Si esto no sucede…  puede pasar cualquier cosa”  -comentan por esos pagos-.

Aseguran los lugareños que el santuario de referencia es parada de todo viajante y peregrino. Los micros y colectivos siempre se detienen unos segundos allí en su honor.  La creencia popular indica que todo devoto o viajero (conocedor de su historia) que pase por allí y no se detenga por un instante a saludar la imagen de Antonio Gil, no tiene la protección de este para el resto del camino, y se expone a que “algo extraño” pueda ocurrirle.  La explosión de un neumático, un accidente…  Las anécdotas sobran en Mercedes.  

 

Por aquellos años…

En el año 1850 aproximadamente, es la época en la que se desarrollan los hechos relacionados a su vida y su triste final.

En el siglo XIX, los retos y peleas eran a muerte entre el ‘gauchaje’. Una ofensa se pagaba con la vida y cualquier motivo podía ser razón justificada para ser considerada como tal.

El matador iba preso por largos años, solo si tenía suerte, ya que por lo general le daban muerte camino al lugar en el que lo juzgarían.

Si se daba a la fuga, desde ese momento pasaba a ser un ‘gaucho alzado’, como se lo llamaba comúnmente. Si esto ocurría, las autoridades iban en su búsqueda, el fugitivo tenía que internarse en el monte y se juntaba con otros de su misma condición formándose gavillas.

Algunos para poder subsistir trabajan haciendo jornales en lugares de paso. Allí lo hacían por la comida, otros se dedicaban al bandolerismo, asaltando comercios y casas de campo.

La fama de estos fugitivos se iba acrecentando cada vez más, y las habladurías crecieron en forma desmedida, en muchos casos deformando los hechos, en otros inventándolos.

La población apreciaba a muchos de los acusados, especialmente si habían sido victimas de un hecho casual como ser una pelea no buscada. En esos tiempos era preferible ser un gaucho alzado a un cobarde, en donde ni él ni su familia tendrían paz. 

Desde el lugar donde se ocultaban, y a la hora de salir a la luz, muchos se congraciaban con el pueblo trayendo la justicia que ellos no podían lograr. La gente respetaba, protegía y trataban con mucho cariño a quienes se convertían en la versión guaraní de “Roobin Hood”.

A esos gauchos los tenían como justicieros.  Con el caso de Antonio Gil sucedió algo parecido.

Su vida, su muerte

No se sabe con precisión el año que murió el “Gauchito”. Algunos dicen 1840, otros 1848, e incluso hasta 1880, pero se sabe con seguridad que la fecha de su muerte fue un 8 de enero.

Por aquellos años, había una constante lucha fraticida ocurrida en la provincia guaraní, entre liberales y autonomistas.

En las proximidades de una de estas infelices batallas, es que el Coronel Juan de la Cruz Zalazar -veterano de la guerra del Paraguay- recluta al gauchaje de la zona. Los arma y les da caballos. Aglutinados en su estancia de la zona del Pay-Ubre, Zalazar se apresta a iniciar el viaje en donde él y sus hombres se unirían a otras tropas para engrosar las filas de pelea.

Al llegar a la zona conocida como Los Palmares, lugar en el que Zalazar escogió para acampar, Antonio Gil (un joven de unos 25 años aproximadamente), muy querido por toda la población y conocido como persona que siempre ayudó al prójimo, abandonó el campamento y se internó en el monte.

De allí, en más la leyenda se fue tejiendo según la persona que relata los hechos. Los pocos indican que Antonio Gil se dedicó al cuatrerismo. pero la mayoría lo ubican en la categoría de héroes populares. Dicen que le quitaba a los injustos, a los explotadores, a los funcionarios corruptos y ese botín era repartido entre los más necesitados.

Incluso, cuentan los viejos pobladores de la zona que “El Gauchito” tenía el don de curar, y de esa manera eran muchas las personas agradecidas.         

Siguiendo con el relato de su trágica muerte…  luego de abandonar el campamento, Zalazar decide licenciar a sus tropas porque se había llegado a un acuerdo de paz entre autonomistas y liberales. Es ese el momento en que se da cuenta de su ausencia.

Pasado un año de ese hecho, Zalazar vuelve a reclutar a los paisanos para una nueva batalla entre los rivales históricos. Antonio Gil se apersonó junto a sus amigos y al verlo Zalazar se acordó de él.  Entonces, le preguntó los motivos que lo llevaron a desertar un año atrás. Y Gil le contestó:  “Para qué voy a derramar sangre de hermano, sino tengo ningún agravio que vengar”.

Zalazar lo trató de cobarde y desertor, y ordenó a cuatro de sus lugartenientes para que lo maniataran y lo remitieran preso a Mercedes, y de allí a Goya donde se encontraban los tribunales que correspondían a esa jurisdicción.

Estos cumplieron. Y ya en Mercedes, la población al enterarse de su arresto intuía cual era la suerte que éste correría, porque sabido era que la mayoría de los presos que enviaban a Goya eran muertos en el camino, y sus custodios argumentaban: “asesinato por intento de fuga”.

La noticia llegó a oídos de otro coronel veterano de la guerra del Paraguay, llamado Velázquez, que apreciaba muchísimo a Gil.  Este se apersonó ante Zalazar y le pidió por el noble y honesto cautivo que había mandado a juzgar a Goya, sabiendo él que a Gil jamás se le había conocido por delincuente y además se lo conocía por un hombre bueno, justo y corajudo cuando las circunstancias lo requerían.

Zalazar respetaba mucho a Velázquez y le concedió el perdón a Gil.  Pero el mismo llegó tarde ya que en ese momento se encontraba en camino a Goya, y como bien pensaba la gente: ocurrió lo peor. 

Al llegar a unos 8 km al norte de Mercedes, la tropa formada por tres soldados, un sargento y el prisionero, hacen un alto en el camino. En ese momento, Gil le dice al sargento:  “No me matés porque la orden de mi perdón está en camino…”.  Pensás que así te vas a salvar?  -le retrucó el sargento-.

Y Gil le respondió: “Vos me estás por degollar, pero te digo algo más: cuando llegués a Mercedes, junto con la orden de mi perdón te van a informar que tu hijo se está muriendo de mala enfermedad,  y como vas a derramar sangre inocente:  invocame para que interceda ante Dios Nuestro Señor por la vida de tu hijo. Porque sabido es que la sangre del inocente suele servir para hacer milagros”.

El sargento se burló de sus palabras y pensó que como tantos otros se asustaba de la muerte y decía eso para salvarse.

La leyenda dice que a Gil lo ataron a un poste o a un árbol y le dispararon con armas de fuego pero que ninguna de esas balas le entró en el cuerpo…

Sorprendidos y con miedo, el sargento ordenó que lo colgaran de los pies y con el mismo cuchillo de Antonio Gil le cortó la yugular. Y de esa forma puso fin a su vida.

El pelotón que lo asesinó emprendió camino de regreso. Al llegar a Mercedes y enterarse del perdón del ‘Gauchito’, un fuerte choque lo sacudió de pies a cabeza al sargento que ordenó su muerte, e inmediatamente recordó sus palabras anunciándole la enfermedad de su hijo.

De inmediato, solicitó permiso a su superior para dirigirse a su casa. Allí vio a su hijo agonizando y con fiebre. Esta era altísima y el médico del pueblo le anunció que ya no tenía salvación.         

El sargento cerró los ojos y tuvo frente así la imagen del “Gauchito Antonio Gil”, cuando le decía exactamente lo que sucedería.

Con lágrimas en los ojos, se arrodilló y le pidió disculpas y que Interceda ante Dios para salvar la vida de su niño.

Toda la noche estuvieron juntos: madre, padre e hijo, estos dos últimos no se separaron por un segundo. Al llegar la madrugada el milagro se había hecho, el pequeño se recuperó…

El sargento no cabía dentro suyo por la alegría y empezó a construir con sus propias manos una cruz. La cargó sobre sus hombros y se dirigió caminando hasta el lugar en donde mató a Gil.

Le colocó la cruz hecha con sus manos, le volvió a pedir perdón y a darle las gracias por haber salvado la vida de su amado hijo.

En el pueblo se corrió la voz. Todos se conmovieron y oraron por el alma de Antonio Gil.  Así nació la leyenda, y con ellas se tejieron miles de historias semejantes. Miles de milagros concedidos.

Con el tiempo se fue erigiendo un verdadero santuario en ese lugar, convirtiéndose en un frecuentado ápice de peregrinaje e inundado de placas de agradecimiento por favores concedidos.

Durante el día y la noche, siempre se puede apreciar allí a una importante cantidad de personas agradecidas o en busca de todo tipo de pedidos.


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