Deudas históricas, entre marzo y abril
Escribe: Licenciado Marcelo Cabeza.
Unos dolores surcan el aire entre verano y otoño en Argentina y la región, que entreveran y conectan unos hechos ocurridos en el norte y en el sur global.
Mujeres en lucha
El ocho de marzo es en la mayor parte de los países, día de conmemoración de los derechos de las mujeres y sus luchas, tomando el hecho trágico del año 1911, en Nueva York, de las trabajadoras muertas en un incendio fabril que develó condiciones laborales execrables. Punto álgido de acciones de reclamos y luchas, extendido a todos los campos en que actúa la mujer, para iniciar un protagonismo que las empodera día a día. Se abren paso en el mundo históricamente masculino en esa disputa de poder para alcanzar una justicia que no llega a tiempo, mientras el dolor sigue. Femicidios, desigualdad, opresión, injusticia siguen marcando la agenda de los derechos conculcados. Sucesivas generaciones se organizan para decidir su destino de mejor vida y mayor justicia.
El horror y la decadencia
En la Argentina de 1976, el 24 de marzo corta de un hachazo la historia y la desangra en la última dictadura cívico militar que usurpa el poder del gobierno. El terrorismo de estado es llevado a la máxima expresión para imponer la subordinación geopolítica, la dependencia económica y el aniquilamiento de la organización popular soberana. Un dolor que no cesa de golpear corazones y conciencias una y otra vez porque no prescribe la lesa humanidad: se perpetúa la atrocidad de la tortura, la detención ilegal, la cárcel clandestina, la desaparición forzada de persona, la apropiación de bebés, el avasallamiento de los derechos humanos fundamentales. Sigue doliendo y falta justicia. Madres, Abuelas, Hijos, Nietos y organismos de derechos humanos, movilizan a vastos sectores de un pueblo que dice Nunca Más y busca caminos para que no exista el crimen de la dictadura de viejo cuño que viste uniforme, ni tampoco la esclavitud que ofrece como “novedad” el mercado liberado en su fuerza voraz que todo lo arrasa.
La guerra
En el Atlántico Sur, un 2 de abril de 1982 la Argentina confronta bélicamente con la fuerza armada del norte anglosajón OTAN, sobre el final de aquella dictadura que recibirá allí certificado de defunción. Pero los que dieron la vida y quedaron en las islas son nuestros soldados que siguen reclamando su lugar de héroes. Los que volvieron, reclaman desde entonces los cuidados que no recibieran oportunamente y en cada celebración el pueblo abraza a esos soldados que defendieron su tierra, buscando y debatiendo una y otra vez el sentido de la palabra soberanía, la geopolítica del poder implícita en ese baño de sangre que mezcló heroísmo, aberración, nacionalismo, descolonización, reclamo justo de reivindicación territorial. Dolor por esa “hermanita perdida” que cantó Yupanqui y por nuestros hermanos que allí quedaron, y también por los que volvieron con serias secuelas que aún esperan reparación.
Dolores históricos de un pueblo
Son dolores distintos, pero si buscamos puntos en común, tal vez se inscriban en nuestra historia de sociedad, de pueblo y de nación en construcción con algunas similitudes. Son historias abiertas y como tales no están en el pasado sino todavía siendo, intentado resolverse, clamando por un presente mejor y en ese aquí y ahora, que es tiempo y espacio de disputa, de resolución de conflicto, de superación de los estancamientos incorporando la herida como experiencia, el dolor transformado en saber hacer, un Nunca Más que se juega todos los días porque, está visto, no hay redención permanente ni infinita, dicho esto en el marco de otra fecha clave para la cristiandad, también de abril: que, desde esa visión del mundo estamos, siempre, volviendo a crucificar al Cristo y también resucitando.
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