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Recuerdos (I): Rita Hayworth


Aquella cabellera rojiza…


Escribe: Alejandro Naveda


Un sordo ‘clack’ se oye en la cabina de proyección, y un leve asalto (apenas perceptible) indica que el nuevo rollo de cinta gira y es proyectado contra el telón blanco. La acción, sin embargo, ha continuado sin pausas. Desde los parlantes laterales surgen los sones de una canción.

En la pantalla, una mujer vestida de negro (su cabello rojizo meciéndose en el aire) se mueve al compás de la música y canta.

Seducción explosiva, incitación pura, docenas de ojos (allí en la platea) le siguen con atención. Y nadie parece resistírsele.

Con una carrera iniciada en la adolescencia, bailando con su padre en diversos sitios del sudoeste de los Estados Unidos y México, ésa mujer (que luego se convertiría en la más deseada por cientos de miles de hombres en todo el planeta) llegaba a su consagración como estrella con varias películas a cuestas.

Iniciada en el mundo de Hollywood por su primer esposo, sus primeros papeles se basaron en la explotación de su clásica belleza latina y su cabello negro (por ejemplo en ‘Amor gaucho’).

Pasó poco tiempo hasta que se decidieron a cambiar ese tipo por otro, lo que sucedió cuando el negro cabello se convirtió en una espléndida y flamante cabellera rojiza que acentuaba su medida ascendencia irlandesa; y creando de la noche a la mañana lo que sería uno de los mitos más famosos del cine, durante una década y media.

A los filmes primeros le seguirían luego filmes como ‘Solo los ángeles tienen alas’ (1939), donde asomaron por primera vez su nueva personalidad y su incipiente magnetismo.

Más tarde, el estudio que la tenía contratada la ubicaría junto a una de las estrellas del baile, Fred Astaire, en ‘Desde aquel beso’ y ‘Bailando nace el amor’ (ambas de 1941), y con Gene Kelly en ‘Las modelos’ (1942). 

Por fin llegaría su oportunidad, en 1946, de la mano de un melodrama, que protagonizaría con un galán en ascenso: Glen Ford.

El nombre de la película ‘Gilda’. De allí en más, todo y nada. Todo, pues se encadenarían una serie de actuaciones que confirmarían su tipo de vampiresa agresiva, aún sin que el personaje lo propusiese, y la llegada de una fama que (a la larga) la perjudicaría. Ya era ‘ella’. Pero no la verdadera mujer, sino la que habían creado. 

El muñeco imaginado por el star - sistema le absorbería hasta anularle como ente que sentía y creaba.

Todos amaban a la mujer que salía en la pantalla, pero nadie se dedicaba a conocer A la otra.

No importaban sus cuatro matrimonios (que incluyeron a Orson Welles y al príncipe Alí Khan). Ni ser madre. Todo alrededor suyo giraba en torno a la imagen que tanto odiaba.

Quizás de allí debía originarse su mentada ‘incapacidad para la felicidad’; del hecho que todos se enamoraban de la imagen prefabricada, y cuando descubrían a la mujer de carne y hueso (no a la muñeca de papel) ya nada era igual. Y eso se sentía.

Ni el triste refugio del alcohol le sirvió.

Su persona estaba muerta desde tiempo atrás, desde el día en que el mito había nacido al estrellato.

La carga de ser la devoradora de hombres, la mujer más amada y deseada por todo s era demasiado.  Su tiempo final vino a cerrarse tiempo después, cuando se le descubrió una enfermedad mortal, que destruye día a día, hora a hora a la persona, minando su resistencia orgánica y la capacidad mental, hasta reducirla a casi un vegetal. 

De la mujer que todos querían tanto, tan sólo quedaría un recuerdo.

Siguen la voz y la imagen en la pantalla. Hipnotiza la cadencia de las caderas y el rojo flamante del pelo suelto. En la memoria de todos quedará esa imagen. Sí.

Pero la mujer que realmente era, nunca será conocida, ya que siempre prevalecerá la muñeca de papel.

Alguna vez dijo: “no tengo una piedra debajo del seno izquierdo”, y tenía razón.

Esa frase simbolizaba todo su sentir, sus deseos de que olvidaran a la que aparecía en la pantalla. Ahora es tarde para eso. Rita Hayworth ya murió, y se llevó a la tumba también a Margarita Carmen Cansino, la mujer que Hollywood olvidó que era.

Hollywood, esa maquinaria infernal que (como ella definió muy bien antes de morir): “se llevó lo mejor de mi vida”.




 

 



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